El Viernes de Dolores es una antigua tradición cristiana, unida íntimamente a la Semana Santa, en la que contemplamos los dolores y sufrimientos de la Virgen María en torno a la Pasión de su Hijo Jesús. En muchos lugares aún se vive con Misas, procesiones, paraliturgias y vigilias llenas de fe.
Desde los primeros siglos, los cristianos han meditado los dolores de María, especialmente en los días cercanos al sacrificio de Cristo y en la espera confiada de la Resurrección.
En el siglo XV, el Papa Benedicto XIII extendió a toda la Iglesia la celebración del Viernes de Dolores, fijándolo en el viernes anterior al Domingo de Ramos. Más tarde, en 1814, el Papa Pío VII estableció además una fiesta propia de Nuestra Señora de los Dolores el 15 de septiembre, un día después de la Exaltación de la Santa Cruz.
Con la reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II, se suprimieron fiestas consideradas duplicadas y la memoria de Nuestra Señora de los Dolores quedó reservada al 15 de septiembre en el Calendario Romano General. Sin embargo, la tercera edición del Misal Romano (2000) conservó la memoria de la Virgen de los Dolores como opción para el viernes previo a Semana Santa, atendiendo a la devoción arraigada en muchos lugares.
La Santa Sede permite que el Viernes de Dolores se celebre con todas sus prerrogativas donde esta devoción sea especialmente fecunda. En países como México o España, se siguen levantando altares, rezando el rosario y organizando expresiones populares de piedad, que unen la vida cotidiana al sufrimiento y al amor de la Madre Dolorosa.
La devoción se concreta en la contemplación de los Siete Dolores de María, a los que la Virgen prometió gracias especiales según las revelaciones a Santa Brígida de Suecia y Santa Isabel de Hungría. En la llamada Semana de Pasión, siete días antes del Viernes Santo, la liturgia invita a mirar con más atención los padecimientos de Cristo y a acompañar a la Madre Dolorosa, seguros de que, tras la noche de la cruz, la luz de la Resurrección brillará para siempre.

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